El Tirón no es solo un río

crecida hacia 1982

LOS RECUERDOS QUE NO SE HA LLEVADO EL RIO: El Tirón no es sólo un río

La fecha de finalización del embalse del río Tirón a su paso por Leiva data de 1992. Anteriormente a esa fecha el río estaba en estado natural, y el río y sus riberas eran aprovechados, con tino y sabiduría, como un recurso valioso y querido para la economía, la gastronomía y la dieta doméstica, como fuente de recursos para el municipio y para el ocio de muchos.

Desde siempre, eran frecuentes, casi anuales, las inundaciones en primavera y motivo de quebraderos de cabeza y origen de gastos para el arreglo o reconstrucción de los puentes, del actual, de piedra, y del desaparecido, de madera, mucho más modesto. Desde los años setenta, sin embargo, con la introducción de cultivos de regadío por aspersión, sobre todo la patata, las reducciones de caudal en verano se hicieron frecuentes, ocasionando, además de un peligro para el ecosistema del río, disputas con pueblos de aguas abajo.

Hasta la construcción del embalse, las riberas del río se aprovechaban con la plantación de choperas y pequeñas huertas para uso doméstico. El paisaje era arbolado, sombrío y fresco en los veranos, con variedades de árboles, además de chopos, había guindos, nogales, avellanos, manzanos, ciruelos, perales, cerezos, ... que ponían los dientes largos a los chavales (y no tan chavales) en verano, como una provocación para apropiarse de lo ajeno. Para frenar esa tentación, que venía de lo alto, estaba el guarda, que todo lo vigilaba. Era muy importante “el guarda” (Andrés), pues, además, se encargaba de vigilar que no se movieran los mojones de las fincas, de que nadie se apropiase de caminos y sendas públicas y de que todo en el campo estuviera en orden. El río contaba con sus propios guardas, los forestales, pues hubo años en los que eran dos los que vigilaban la ribera.

Las orillas del río estaban plantadas de sauce (o salciñas), con la misión de  contener las aguas del río en sus crecidas y evitar que el agua anegara las huertas; al mismo tiempo, sus raíces servían de cobijo  a los cangrejos. El suelo estaba ordenado a base de sendas y de acequias, que recogían el agua del río para regar huertas y choperas. También había dos molinos que movían las muelas con agua del propio río, desviada mediante una presa, hecha a base de sacos de tierra, ramas y piedras, de la que nacía un cauce (el calce se le llamaba) cuya agua volvía al río una vez había pasado por el último molino. Este cauce tenía tres puntos que servían de lavadero, cuando las lavadoras no habían entrado en las casas: la Quebrada, el molino de Moisés (o el Canelo) y el molino de José (el molinero por excelencia y el último que cerró). El calce también se utilizaba para que los pastores llevaran a sus rebaños a abrevar en sus aguas mansas y reposadas. Por supuesto, en el calce también había cangrejos, y las mujeres ,cuando bajaban a lavar, y arremangándose saya y falda por encima de la rodilla (si la profundidad del agua así lo requería) subían con unas docenitas para casa.

Para acceder a las huertas se construía un puente de madera a base troncos de chopo a los que se clavaban unas tablillas perpendiculares a ellos. Uno de los extremos del puente se apoyaba y sujetaba en la orilla más alta y al otro se le ponían unas patas de madera, dándole una ligera inclinación. Era frecuente que este puente se lo llevara el río, durante las crecidas, y hubiera que ir río abajo a buscarlo o hacer uno nuevo. Todo este trabajo (y otros muchos) se hacía por medio de “veredas”: cada vecino dedicaba un tiempo de trabajo para labores del municipio.

El río Tirón fue siempre muy cangrejero y truchero, y entre los ribereños había gran afición por la pesca y destreza en todas sus modalidades y épocas del año (del propio don Anastasio se cuenta que fue gran pescador de cangrejos a mano), sobre todo en verano. Esa pesca servía, fundamentalmente, para pasar el rato, hacer meriendas con los amigos o echar la robla cuando se acababa la cosecha; y también para quitar el hambre que algún mal año, tras la guerra civil, trajo a la comarca.

En verano el río era frecuentado para bañarse en los pozos que, cada año, el Tirón dejaba en las crecidas. Fueron, entre otros, pozos famosos por su profundidad, por su largura, por los remolinos que se formaban, o por todo a un tiempo: el de la Horca, las Arenillas, San Antín, el Tejadillo, el del puente de piedra, el de la Toba, la Isla y el de la Jurición, como aquí se decía, en el límite con Herramélluri. 

La existencia de este río, sus aguas limpias, su pesca, las bodegas familiares, el clima, la caza, el carácter alegre, abierto y confiado de la gente fueron un reclamo más que suficiente para que en verano, desde finales de los años cincuenta, llegaran los veraneantes, principalmente de Bilbao y sus alrededores. Una nota curiosa: los médicos solían recomendar a los padres que llevaran a sus hijos pequeños en verano a respirar el aire limpio de La Rioja. De estos veraneantes, muchos se hicieron famosos y queridos del pueblo e, incluso, hubo matrimonios entre veraneantes y lugareñas.

Estos veraneantes eran, digámoslo así, una especie nueva y exótica en el pueblo: eran personas que no hacían nada, que estaban de vacaciones, precisamente en una época en la que en el pueblo había bastante trabajo con la cosecha y la huerta. Entonces el río se llenaba de autóctonos (chavales en su mayoría) y foráneos (familias enteras) que iban a tomar el sol, nadar un poco o simplemente pasear. Al subir del río se pasaba por las bodegas a beber un porrón de vino y, por la tarde, a merendar unas chuletillas al sarmiento o las sardinas que traían los de Bilbao. ¡Qué tiempos!

Para alojar a estas personas, el pueblo contaba con una fonda, la de Laureano, en la plaza, en la que los visitantes coincidían con el médico, el jefe del silo y algún viajante , con los buhoneros que llegaban con sus carromatos y sus piélagos de cajas y misterio: Gerio, Silviano, El Barato, y el rey del estopón, el inefable Marcelo que llevaba su mercancía a lomos de una yegua, y con otros visitantes esperados: el fiel afilador, de pesada bicicleta con andamio, el capador de jóvenes tetones, el chatarrero, que cambiaba sus objetos por cobre metal o hierro, el picapedrero, que machacaba los cantillos de la vieja y olvidada carretera, el mielero de la sierra, con los pellejos de miel colgantes en los ijares del burreño, el leñador, que ofrecía su carga a lomos del burrito desdentado, o el vendedor de “cucos”, aquellos cerditos negros, llegados en piaras desde Las Hurdes, por trillados caminos de la Mesta. Entonces, el transporte era escaso; sólo dos autobuses llegaban a Leiva: el Correo de Haro, llamado así porque en él llegaban las noticias del mundo, presas en la saca del correo, y el Simeón de Santo Domingo; y el camión del Vallés, que descargaba, junto al taller de Zacarías, algunos coloniales para las tiendas. Era llamativa la cantidad de tiendas ultramarinos del pueblo: la Vitorina, la Agapita, la Pepa, la Julia, la Eufemia, la Alejandra, la Isabel … sí, curioso , todas las tiendas estaban regentadas por mujeres.

Las noches de verano eran noches cálidas y acogedoras, no solo por la temperatura, sino por la cantidad de personas que salían de sus casas a tomar el fresco a la puerta de la casa y allí hablaban de las cosas cotidianas, del día a día; y por la gente que salía a la plaza, después de la cena, a beber un vaso de vino y a cantar jotas. Y, en ocasiones, las cuadrillas de jóvenes salían de ronda, cantando, por las calles del pueblo, coplas a sus amadas.

Poco a poco todo eso se fue acabando, o, mejor dicho, se fue transformando sin que nos diéramos cuenta: el río, con todo lo que representaba como medio natural, fue deteriorándose, las huertas se fueron dejando abandonadas, los jóvenes empezaron a salir del pueblo y los mayores envejecieron como mandan las leyes no escritas de la vida. ¿Y cuando ocurrió todo eso? No fue una fecha exacta, fue en un periodo, un punto de inflexión en la historia, a partir del cual la vida empezaría a tomar unos derroteros distintos a como habían sido hasta entonces. Y el progreso, que tanto ayudó a mejorar el nivel de vida de las gentes, acabó también con muchas cosas, como las “corrientes aguas, puras, cristalinas” que decía el poeta. Un buen verano los cangrejos empezaron a aparecer muertos en el río, las aguas ya no eran tan limpias como antes y las truchas, barbos y loinas comenzaron a escasear; y en los veranos el riego amenazaba con secar el caudal del río.

Entonces se construyó la presa. Empezaron las obras en 1990 y de ellas  resultó el embalse que vemos hoy en día, de 45 Ha. de superficie y 2,8 hm3 de capacidad. Se acabó lo de bañarse en el río y, en su lugar, nos hicieron una piscina. La presa garantizaba agua, pero suponía perder la ribera con todo su encanto, riqueza y biodiversidad. A partir de entonces, sólo nos quedarían los recuerdos, magnificados, para seguir viviendo y poder contarlos a otros que no han tenido la suerte de vivir aquellos años en que el río era aliado, era parte importante de la villa, y su rumor, bronco o desmadejado, era una llamada a perderse en sus orillas y sumergirse en sus aguas.


 

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